
Dicen por estas tierras de contradicciones y cambios rápidos como la luz, que Caracas es una pequeña ciudad con varios inconvenientes para el traslado. Es una realidad que se palpa en el momento mismo que salimos a la calle y nos topamos con esa bocanada de autos y motos que abrazan y calientan y mantienen a la ciudad hirviendo.
Querer ser un buen conductor en Caracas es luchar contra un Goliat de acero y caucho imparable.
Pero ciertas historias cuentan que Caracas tuvo un principio. Con el Cerro Ávila de testigo, y luego de algunos trámites angelicales para nada exentos de la más sana burocracia, llegó al siempre convocado Reino de los Cielos el pedido de un arquitecto para que, con sabiduria y esmero, diagramara esta ciudad que se mueve al compás de la rumba y el mar. El pedido fue escuchado y, en un acto de solidaridad -poco frecuente en el Señor de los Cielos- él mismo bajó a la tierra de sus hijos y puso manos a la obra.
Y así, Díos comenzó a bajar por el Cerro Ávila trayendo entre sus manos una cantidad de edificios, calles, veredas, rutas, perros, árboles, canillas, cueritos para las canillas, dos plomeros para que arreglen los cueritos de las canillas y un sin fin de muebles de todo tipo... En eso estaba el Señor, cuando una roca desprevenida se enredó entre sus pies y, el Rey de todos los reyes, no pudo mantener el equilibro y se desplomó por el cerro, rodando como una gran pelota y dejando caer de sus manos todo lo que traía.
De esta forma se creó Caracas, con sus calles que se cruzan y doblan y terminan cuando uno menos lo espera; con sus casas que trepan por el cerro, rodeadas de más casas empinadas y fantásticas; así nació Caracas, con tanta América Latina encima y, de ahora en más, con tantos aires de belleza y libertad y, por qué no decirlo, de una esperanza tan audaz y frenética como sus calles y días.
Lea
1 comentario:
de alguna manera cada estrato de ciudad tiene su misticismo, su mitologia.
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